Ayuno intermitente sin fanatismo: cómo empezar
El ayuno intermitente es uno de los temas más ruidosos de los últimos años. En el mismo día he leído que arregla todo y que destroza la salud. La realidad, como siempre, vive en el medio: para muchísimas personas funciona como una forma sencilla de ordenar las comidas; para otras, simplemente no es cómodo. Lo que sí me ha quedado claro, después de probarlo durante meses, es que el fanatismo no aporta nada.
En este artículo te cuento cómo lo empecé yo, por qué abandoné las versiones extremas y qué tipo de horario me resulta sostenible en una vida normal con cenas familiares, trabajo y planes con amigos.
Qué es exactamente
El ayuno intermitente es, básicamente, concentrar las comidas en una ventana horaria más corta y dejar la otra parte del día sin ingesta calórica. No hay reglas universales: hay protocolos más o menos estudiados (12:12, 14:10, 16:8) y muchas variantes de moda. Especialistas de Harvard recuerdan que la investigación está en curso y que los resultados dependen mucho del contexto individual.
Empezar bajo, no alto
El error más habitual que veo es empezar con 16:8 desde el primer día. Para muchas personas, pasar de no controlar la ventana a saltarse el desayuno o la cena es brusco; aparecen mareos, irritabilidad y, sobre todo, una gran sensación de privación.
Lo más sostenible, en mi experiencia, es empezar con 12:12 dos semanas. Eso suele equivaler simplemente a no picar después de cenar. Cuando el cuerpo y la cabeza se ajustan, se puede ampliar a 13:11 y, si encaja con la rutina, a 14:10. Más allá de eso, conviene plantearse si realmente sirve para algo en tu caso.
Dos modelos que me funcionaron
Modelo «desayuno tarde»
Última comida a las 21:00, primer café con leche y desayuno a las 9:30. Una ventana de unas 12-13 horas. Es el más fácil de mantener y compatible con cenas sociales normales.
Modelo «cena temprano»
Desayuno a las 8:00, comida a las 14:00, una pieza de fruta a media tarde y cena a las 19:30. Ventana de 11-12 horas, pero con la última ingesta lejos de la cama. Me sienta especialmente bien para dormir.
El mejor ayuno intermitente es el que cabe en tu rutina sin convertirte en una persona inflexible.
Qué comer dentro de la ventana
La ventana no es una licencia para comer cualquier cosa. Lo que cabe en mi plato sigue siendo el mismo guión: hortalizas, proteínas suaves, grasa buena y un cereal integral si toca. Y agua, mucha agua, antes y durante.
- Fuera de la ventana: agua, infusiones sin endulzar, café o té sin azúcar.
- Al abrir la ventana: una comida con proteína y fibra (huevos con tostada integral y aguacate, por ejemplo).
- Comida central: hortalizas + legumbre o pescado/aves + cereal integral.
- Cierre de la ventana: cena ligera, no demasiado líquida ni demasiado pesada.
Qué conviene evitar
- Pensar que «cuanto más largo, mejor». Generalmente no es así.
- Romper la ventana con un café muy azucarado: anula buena parte del sentido.
- Mantenerlo durante meses sin escuchar al cuerpo. Si te sientes mal, pausa.
- Imitar protocolos de personajes públicos sin contexto clínico.
- Saltarse la fruta o las verduras dentro de la ventana para «ahorrar» calorías.
Para quién no es buena idea
Hay situaciones en las que el ayuno intermitente, sobre todo en su versión estricta, no encaja: embarazo, lactancia, adolescencia, antecedentes de trastornos alimentarios, deportistas en cargas altas, personas con pautas clínicas específicas. Como recuerdan especialistas reconocidos, este tipo de decisiones se deberían consultar siempre con un profesional cualificado antes de empezar.
Una rutina sostenible
Si tuviera que resumir mi protocolo actual, diría: 12:12 cuatro días a la semana, 14:10 dos días y un día libre. Sin culpa, sin tabla de Excel, sin app contadora. Me he dado cuenta de que esta flexibilidad mantiene los buenos hábitos cotidianos sin convertirlos en una obligación cansina.
Preguntas frecuentes
¿Puedo entrenar en ayunas?
Depende de tu tipo de entrenamiento y de tu experiencia. Para sesiones suaves, generalmente sí. Para sesiones largas o intensas, conviene comer algo antes o ajustar la ventana.
¿Vale el café con un poquito de leche?
Estrictamente, rompe el ayuno. En la práctica, una nube de leche es un compromiso razonable si te ayuda a sostener el hábito y no se convierte en costumbre azucarada.
¿Mejor por la mañana o por la noche?
Funciona mejor el que se adapta a tu vida. Si las cenas familiares son sagradas, mejor saltar el desayuno. Si te encanta empezar el día comiendo, adelanta la cena.
¿Es compatible con reducir el azúcar añadido?
Generalmente es un buen tandem. Una ventana más corta limita el número de momentos para picar dulces, y eso favorece que el azúcar libre baje sin esfuerzo extra.
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Mis recetas favoritas de sopas otoñales
Cada otoño repito un pequeño ritual: saco la olla grande, compro calabaza en el mercado de barrio y vuelvo a cocinar las mismas tres sopas que llevo años perfeccionando. No son recetas espectaculares ni necesitan ingredientes raros. Son recetas que aprendí en cocinas familiares, ajusté con la práctica y ahora caben en menos de una hora de domingo por la tarde.
Si estás buscando ideas calientes, reconfortantes y baratas para la temporada, te dejo mi pequeña colección. Todas son flexibles: cambia hortalizas según lo que tengas, ajusta la cantidad de líquido según quieras crema o caldo más ligero.

Por qué vuelvo a las sopas en otoño
En mi experiencia, las sopas otoñales son una de las maneras más amables de adaptarse al cambio de temperatura. Generalmente promueven una sensación de calma después de comer, hidratan, ayudan a comer más verduras sin esfuerzo y permiten reciclar restos de la nevera. Los especialistas de la OMS recomiendan al menos cinco raciones de frutas y verduras al día; con un buen plato hondo, te aseguras dos o tres de golpe.
Además, las sopas son baratas. Una calabaza, dos cebollas, una patata y un puerro alimentan a cuatro personas por menos de lo que cuesta un solo plato preparado. Si lo combinas con pan casero o un huevo cocido, tienes una cena completa.
1. Crema de calabaza asada con jengibre
Esta es mi favorita y la que más repito. La calabaza asada antes de la cocción cambia por completo el resultado: el horno concentra los azúcares naturales y el sabor final es más profundo.
- 800 g de calabaza moscada (peso ya pelada).
- 1 cebolla grande.
- 1 patata mediana.
- 1 trozo pequeño de jengibre fresco.
- 1 cucharada de aceite de oliva virgen.
- 700 ml de caldo de verduras (o agua).
- Sal, pimienta y una pizca de nuez moscada.
Pon la calabaza en una bandeja con un poco de aceite y hórnea a 200 °C unos 25 minutos. Mientras, en la olla, pocha la cebolla con la patata troceada. Añade la calabaza asada y el jengibre rallado, cubre con caldo y cocina 15 minutos. Tritura, salpimienta y termina con un hilo de aceite por encima. Una cucharada de pipas tostadas le da el remate.
2. Sopa minestrone de verduras y legumbre
La sopa minestrone es esa receta italiana que cambia con cada cocinero. La que más me convence lleva una base de cebolla, zanahoria y apio, un puñado de judías blancas cocidas y pasta pequeña en el último momento. Es perfecta para vaciar la nevera.
- 1 cebolla, 1 zanahoria, 1 rama de apio.
- 1 calabacín, 1 puerro, 100 g de col rizada.
- 1 bote pequeño de judías blancas (o 200 g cocidas).
- 1,2 l de caldo de verduras.
- 80 g de pasta tipo «ditalini» o estrellitas.
- 1 hoja de laurel, perejil, aceite y sal.
Sofríe la base aromatica en aceite. Añade el resto de verduras troceadas pequeñas, cubre con caldo y cocina a fuego suave 20 minutos. Incorpora las judías y, dos minutos antes de servir, la pasta. Sirve con perejil fresco picado y una vuelta de pimienta. En mi casa, sobra para el día siguiente.
El secreto de la minestrone no es la receta; es la paciencia para que el caldo absorba el sabor de las verduras.
3. Caldo claro de pollo con limon y arroz
Mi tercera receta es la más sencilla y, a la vez, la que más me reconforta. Un caldo de pollo bien hecho, con un toque de limón y arroz blanco, es uno de los platos más antiguos del mundo por una razón: funciona.
- 1 carcasa de pollo (puedes pedirla en cualquier carnicería).
- 1 zanahoria, 1 cebolla, 1 puerro, 1 rama de apio.
- 1 hoja de laurel, 5 granos de pimienta.
- 80 g de arroz redondo o «arborio».
- 1 limón bio (zumo y un poco de piel).
- Perejil fresco.
Pon todo (menos el arroz y el limón) en la olla con 1,5 litros de agua fría. Lleva a hervor suave, espuma y cocina 60 minutos. Cuela, vuelve el caldo a la olla, añade el arroz y cúcelo 15 minutos. Termina con zumo de limón al gusto y perejil. La carne que has retirado se aprovecha para una ensalada al día siguiente.
Compañeros que mejoran cualquier sopa
- Pan de campaña tostado con un poco de aceite y ajo.
- Una cucharada de yogur natural sin azúcar en lugar de nata.
- Pipas, semillas de calabaza o nueces tostadas para dar textura.
- Hierbas frescas al final: perejil, cilantro, ene7
- Un huevo cocido cortado por la mitad para convertir la sopa en cena completa.
Cómo planifico la semana
Cocino una sopa los domingos y la repito dos días durante la semana. El tercer día la transformo: añado un cazo de garbanzos cocidos, un huevo o un puñado de hojas verdes y se convierte en otro plato. Esta pequeña costumbre me ahorra mucho tiempo entre semana y me asegura un plato caliente con verduras casi a diario.
Preguntas frecuentes
¿Las sopas pierden nutrientes al hervir?
Como señalan especialistas de Harvard, parte de las vitaminas hidrosolubles pasan al caldo. Como tomas también el líquido, la pérdida real es modesta. Generalmente, las sopas son una forma muy eficiente de consumir verduras variadas.
¿Puedo congelar las sopas?
Sí, casi todas. La crema de calabaza congela perfectamente. La minestrone congela mejor sin la pasta. El caldo de pollo se puede congelar por raciones para tener base lista cuando hace falta.
¿Funcionan en versión vegetariana?
Las dos primeras ya lo son. Para la tercera, sustituye la carcasa por un caldo vegetal generoso con setas y un trozo de alga kombu. La acidez del limón y el arroz mantienen el alma del plato.
¿Y si quiero menos sódio?
Usa caldo casero sin sal y añade hierbas, limón y pimienta. Generalmente, los caldos comerciales aportan mucho sódio incluso en sus versiones «light».
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